Filtros para el rostro, dismorfia que mata.

No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma.

Pitágoras

No he conocido a alguien que en algún momento de su vida no se haya quejado o acomplejado por algo de su cuerpo; la inseguridad que nos genera la ilusión de la perfección o de la belleza estereotipada nos ha perseguido a la gran mayoría de las personas desde la infancia y hasta la vejez. Si bien este discurso no es nuevo y nuestras quejas e inseguridades tienen socialmente historia, hoy estamos en la era en donde nuestra pantalla día con día nos confronta a lo que podría ser y no lo es. 

Se le ha denominado “Dismorfia de Snapchat” a la nueva obsesión de utilizar filtros para “embellecer” el rostro. Este término proviene del Trastorno Dismórfico Corporal (TDC), el cual alude a que una persona puede pasar mucho tiempo pensando en sus defectos físicos menores como algo en la piel, sonrisa, peso, etc. El TDC genera angustia emocional, interfiere con actividades diarias y se estima afecta a 1 de 50 personas. Y si bien la denominada “Dismorfia de Snapchat” no hace alusión a un trastorno per se, sí nos habla de una problemática actual que interfiere con la salud mental y con el bienestar. 

Los cirujanos en muchas partes del mundo han reportado un aumento en cirugías de adolescentes; un porcentaje elevado de las mismas han solicitado que la cirugía o tratamiento corporal esté basado en el rostro que aparece con el filtro utilizado. Profesionales de la salud mental han detectado una disminución de la autoestima y autoconcepto en el adolescente promedio a causa de la falta de aceptación física y el anhelo de parecerse a una realidad virtual. Si bien los adolescentes son la población más vulnerable a la inestabilidad emocional que puede causar esta tendencia de modificación del rostro, no son los únicos.

Los filtros son utilizados por adultos al igual, tal vez con mucha más consciencia de que no es la realidad y hay aparentemente más aceptación del propio rostro, color de piel y cuerpo. Sin embargo, también se ha observado que en la misma población de adultos que utilizan estas herramientas va decreciendo el subir un video o fotografía sin filtro alguno e incluso en las historias que se desintegran después de 24 horas de vida. Este hecho deja ver también que en el adulto promedio juega un papel importante la expectativa de belleza y la renuncia o rechazo a la realidad corporal.

No es el propósito de este escrito el satanizar a los filtros, mucho menos insinuar que no se deberían usar. Al final de cuentas es una herramienta tecnológica más con la cual “jugar”, que nos hace pasar buenos momentos. El propósito es simplemente poner sobre la mesa si el juego en algún punto se está convirtiendo en un objeto más para lastimar nuestra identidad y autoestima, y para estar en constante confrontación con uno mismo de anhelar algo que no es y de rechazarse constantemente. 

La realidad es que las redes sociales han traído muchas ventajas y beneficios a nuestra sociedad, pero también han traído y magnificado problemáticas sociales que ya existían. El estar viendo constantemente una realidad aumentada y ficticia sobre vivencias, vidas y ahora cuerpos, nos daña y daña mucho nuestra salud mental. Considero necesario tener siempre presente que la realidad no es aquella que aparece en la pantalla, aunque tampoco precisamente es una mentira, simplemente es una realidad modificada, “embellecida”, y debemos cuidar la línea de estar en paz con lo que vemos sin esa pantalla, sin ese filtro. 

Me invito, e invito a la gente que lea esto a hacer constantemente un ejercicio de balance, para que podamos utilizar estas herramientas a favor y no en contra. En que podamos recordar lo bonito de apreciar una fotografía nuestra sin filtros ni añadiduras, en que podamos recordar lo bonito que es tener un cuerpo que responde al alma, y que podamos transmitir este mensaje a las generaciones más jóvenes y futuras. Que sigamos trabajando por una aceptación propia y del otro; por un mundo más libre y sin ataduras.  

Leave a comment