Nepal: mi bautizo budista

Que todos puedan encontrar la sabiduría 

y la bondad en cada sonido, vista y olfato.

Que los árboles y las montañas, las estrellas 

y campanas, perros y dientes de león 

nos recuerden, “Sé amable! ¡Sé sabio!”

Shantideva

El avión no podía aterrizar, al parecer es algo muy común en el diminuto aeropuerto de Katmandú, Nepal. Estuvimos una hora volando por arribita de los Himalayas, era todo un gran espectáculo. Estábamos tan cerca que se alcanzaban a ver las pequeñas aldeas escondidas entre las montañas nevadas. Toda esa belleza que estaba viendo antes de aterrizar me hizo sentir a qué lugar estaba llegando. Un país en donde lo que abunda e impone, es la naturaleza, y en el cual iba a seguir aprendiendo sobre budismo. 

Quien ha tenido la oportunidad de estar por aquellos rumbos recordará bien que desde la llegada todo se vive de una manera algo surreal, pero a diferencia de India, es un poco más tranquilo y nunca da la sensación de perderse, puesto tiene esa energía aún de pueblo y la calidez de la gente se siente al momento. Dormiría únicamente esa noche en un hotel antes de ingresar al monasterio en el cual estaría al menos 20 días. 

Llegué al Monasterio Kopan al día siguiente a las 9:00am. Llegaba a la segunda parte de un retiro-curso que se imparte únicamente una vez al año y que dura un mes. Iba muy emocionada, iba a tener enseñanzas con Lama Zopa Rinponche, y en ese momento yo no sabía que también iba a tener enseñanzas con Khadro-la (figura muy importante en el budismo tibetano) y otros tantos maestros más. Tampoco sabía que la maestra principal de todo el curso sería uno de los mayores personajes que he conocido en mi vida, Robina Courtin, y a quien cualquiera que ha estado en su presencia no olvidará nunca. 

Llegar a Kopan era subir a lo alto de la montaña, estando ahí era ver todo Katmandú desde arriba. Tan solo estar en ese lugar, respirando ese aire puro, viendo los Himalayas desde lejos y teniendo siempre esa sensación de estar por encima de la ciudad, ya generaba paz. Yo iba con dos intenciones, la primera seguir en mi aprendizaje sobre budismo y la segunda,  volver a vivir una experiencia en donde pudiera observar mi mente y los cambios que ocurren en ella a partir de la rutina del retiro, de la meditación, alimentación y enseñanza. No sabía que, al salir de ahí, además de un diario en el  que registré cada día mi estado mental y los sueños de cada noche (sorprendentemente vívidos), sería oficialmente budista.

A diferencia de mis experiencias anteriores, esta vez estaba en un monasterio en donde había doscientos monjes estudiando. Ellos tenían sus espacios, nosotros estudiantes (trescientos, occidentales más que nada) los nuestros. Pero en pequeños espacios coincidíamos y podíamos observarlos. Veía el clásico debate que tienen, escuchaba sus voces repitiendo mantras desde las 4:30am, veía su sonrisa apenas dibujada pero casi siempre con mucha paz. Veía niños correr felices y juguetones, veía niños flojos que se les hacía tarde para llegar a clase, veía humanos teniendo un estilo de vida que es el que conocían y podían tener.

Esa experiencia me aterrizó mucho a no pretender ni caer en la presión que practicar budismo es estar siempre en zen, o de buen humor, o agradecida. Sino que el camino del budismo es el de aquel humano que encuentra simpatía hacia las nobles verdades, también el de aquel que quiere aprender y cuestionar, pero sobre todo el de la persona que quiere tener en mente generar beneficio para todos los seres sintientes. La meditación es un vehículo indispensable para todo eso, para tener un estado mental que nos permita estar en armonía con nosotros mismos y las personas que nos rodean, con el espacio que habitamos y con cada ser vivo que se cruza en nuestro camino.

Terminado el curso decidí quedarme unos días más en aquel lugar. A decir verdad, me quería quedar todos los días posibles antes de que saliera mi vuelo de regreso a México. Ese lugar como Tushita (en India), me brindaban una paz y una contención muy cálida. Por supuesto noté que al volver a tener comunicación con mi celular, mi mente en cuestión de horas volvía a estar brincando por todos lados. Es muy notorio poder observar los beneficios del entrenamiento mental, pero también es muy necesario saber incorporar todo eso al mundo habitual que tenemos. Como siempre, decir adiós a las personas que te cruzas en esos caminos es difícil, somos extraños pero hermanos a la vez, el vínculo que se hace es muy fuerte, y podemos mirar lo más profundo en el otro sin analizarlas con la razón. 

Estuve en Nepal una semana más, viajé por diversos lugares que siempre agradeceré a la vida me haya puesto ahí, cada trayecto fue una aventura, cada pequeña ciudad una experiencia, alguna en soledad y otros con amigos en el reencuentro. Cada café con el frescor de diciembre fue disfrutado en su totalidad, mi mala ya iba conmigo a todos lados, y yo me llevaría a México la gran tarea de poner todo en práctica. Hoy mi diario forma parte de una tesis, que honestamente espero nadie lea. Nepal ha sido el más significativo de mis maestros budistas hasta ahora, pero de corazón y cruzando los dedos, espero no el último.

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