No puedo describir el caos mental que se siente al llegar a India por primera vez. Nada tiene orden; los ruidos son estridentes; las calles son un constante laberinto desarrollándose. Los colores. Lo surreal, más surreal. Los ruidos. El mejor consejo que pude haber tomado -y que una amiga sabiamente me dio- fue llegar a un buen hotel las primeras noches en Delhi; se necesita bastante para procesar la llegada, aunado al calor que como me habían advertido ya estaba haciendo.
Viajaba yo en un pequeño avión al norte de India, a la región de Dharamsala, después de haber estado tres noches en Delhi. El clima allá era otro. Soleado pero fresco. Olor a pinos, montaña, los himalayas no nevados, era esplendoroso. Llegué sin saber a dónde iba, confiando en alguien que conocí dos minutos antes de subirme a su carro e ir hacia lo alto de la montaña, al pequeño pueblo de Mc Leod Ganj, asilo y cuna de budistas exiliados, refugiados, y que pudieron escapar de Tíbet. Tantas personas con esa túnica roja con amarillo. Tantas historias de sobrevivencia, de amor. Era distinto estar ahí, era otra energía; el hinduismo perdía peso, pero seguía siendo India. Las reservaciones de “hotel” que tenía no existían. Así que tuve que emprender una caminata de una hora por la montaña para llegar al pueblo vecino y pasar ahí las dos noches antes de entrar a Tushita, lugar donde hice mi primer retiro budista.
Cuando llegó el día y pisé por primera vez Tushita pude sentir estaba en un lugar seguro y de contención, que había quedado atrás por un momento todo aquel caos de India, toda la incertidumbre, y la vulnerabilidad. No puedo explicar cómo se sintió desde el primer momento estar en ese lugar, la gente es amable, cálida, la risa no enseña los dientes pero sí el corazón. Tras pasar lista, escuchar reglamento y la asignación de habitaciones, recibimos la noticias de que durante cuatro mañanas iríamos a escuchar las enseñanzas del Dalai Lama. Fue una gran sorpresa y definitivamente un curso atípico, ya que cuando hay enseñanzas del Dalai se cancelan los retiros y cursos, pero esta vez no había habido tiempo para hacerlo. Ir a escuchar al Dalai con cientos de monjes sentados en el piso cada mañana fue una experiencia hermosa.
Apagar el celular y entregarlo a la oficina junto con pasaporte y todas las pertenencias importantes fue un alivio, no fue sino hasta el segundo día cuando surgió la angustia de que ocurriera algo importante a mi familia o amistades y yo no me pudiera enterar, después me calmaba y recordaba había un número telefónico al cual podrían llamar y los monjes me avisarían. Así iba navegando con la angustia del no poder soltar en momentos, y de aterrizar en el presente, podría decir que las cosas cambian radicalmente por ahí del cuarto y quinto día. Es cuando se empieza a sentir la mente aterrizada, ya con rutinas bien establecidas que le ayudan mucho a expandirse y respirar. Podría decir que a mitad de ese retiro fue cuando comencé a hacer meditaciones trascendentales en mí, cuando el corazón ya no se sentía acelerado y cuando sentía un gozo inmenso.
Pasar los días viendo las montañas de los himalayas, viendo brincar a los changos tratando de robarse cualquier pan posible, tomando té caliente envuelta de aquella manta calientita; haciendo cada acto teniendo en mente que se beneficien todos los seres sintientes. Respetando cada esquina de mi entorno: plantas, animales, humanos, alimentos, vida. No tengo palabras para describir cómo se infla el corazón y cómo se llena el alma. Tuve la suerte (nada es coincidencia) y gran fortuna que la monja que llevaba la parte teórica de ese retiro era Drolma, una monja occidental que había tenido como formación académica la psicología y que incorporó mucho de esta a las clases. Fue un shock para mí escuchar nuevos conceptos de mente, y sobre todo escuchar sobre cómo el budismo está permeado en los conceptos de inconsciente que el psicoanálisis hace más de un siglo se ha dispuesto a estudiar.
La cohesión y complicidad que se hace en el grupo es muy fuerte, todo lo escuchado, lo comunicado sin palabras, la energía que se siente y se transforma es difícil de explicar pero es muy bonita. Somos amigos del camino siendo casi extraños, somos huella que queda para siempre, somos hermanos. Terminaba el retiro no queriendo terminara, me entregaron mi celular y pertenencias y tardé más de medio día en volverlo a prender. Por supuesto salí de ahí plena, contenta, desbordando bienestar. Salí de ahí también con mucha nueva información, supe desde ese momento que mi tesis del doctorado que ya había comenzado a cursar iba a cambiar, ahora sería sobre budismo y psicoanálisis. Supe que había mucho conocimiento que quería aprender. Supe que mis estudios en budismo recién habían comenzado y sería un camino largo y dichoso de recorrer. India había sido mi segundo maestro budista.
No me alcanzaría este pequeño espacio para contar lo que viví antes y después de mis doce días en Mc Leod Ganj; ocurrieron un sinfín de aventuras, decisiones, historias que tengo la fortuna de conservar en mis recuerdos (todavía), pero ese fue mi segundo acercamiento real al budismo y lo quería compartir. Tuve la oportunidad de estar diez días en Rishikesh (cuna de la yoga), después de mi retiro budista y podría decir que fue de las cosas más interesantes que he vivido el haber estado en un ashram, el haber practicado yoga como allá la practican, el respeto que se le da al respirar, al proceso, a no apresurarse y a no posar. El hinduismo es tan bello como complejo y con tan solo un par de libros leídos sobre eso no me atrevería a hablar ni lo más mínimo de esa religión que vaya qué vida y presencia tiene. Puedo decir con certeza que quien tenga un llamado para ir a India y esté dispuesto a abrir la mente y el corazón, totalmente le valdrá la pena.
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