Matrimonios de amor, libres y sin sentencia

¿No han leído —replicó Jesús— que en el principio el Creador “los hizo hombre y mujer”, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo”? Así que ya no son dos, sino uno solo. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Mateo 19:4-6 | NVI

     Nos han dicho a lo largo de nuestra vida que el matrimonio debe ser para toda la vida, nos han dicho que el día que te casas es el día “más importante de tu vida”, nos han dicho que si estás en una relación de noviazgo y no te ves casada con esa persona, “estás perdiendo el tiempo”, se ha manejado el matrimonio como último fin del amor y como destino final de una relación de pareja. Y me pregunto, ¿y si el amor se acaba?, ¿y si el camino ya no es el mismo para los dos? ¿cuánto tiempo se debe permanecer en una promesa y para qué? ¿y si el matrimonio es el inicio de un posible final y no el fin último de una relación?.

Hemos crecido bajo una idea romántica del amor consumado, la doctrina que hemos tenido como ejemplo es que el matrimonio es algo a lo que se debe aspirar como fin último y promesa hacia un amor eterno entre una pareja. A las mujeres especialmente se nos ha educado bajo la ideología de que se debe tener una aspiración amorosa basada en lograr este ideal del “para siempre, en las buenas y en las malas, juntos.” A los hombres también se les ha alimentado la creencia que al casarse siempre se deberá ver economicamente (sobretodo) por la otra persona en cuestión. Y creo que es una belleza poder tener una vida libre, alegre y amena acompañada por tu pareja, creo que hay matrimonios grandiosos, pero también creo que hay tantos otros que no lo son.

¿Qué sucedería si dejáramos de ver el matrimonio como un compromiso terrenalmente eterno y comenzáramos a verlo como acuerdos de amor que se hacen durante el camino? ¿No sería todo más fácil? Sin la condición moral y social de que romper esta estructura es romper con el todo, o fracasar ante lo que alguna vez fue y ya no es. Considero que en el matrimonio o en la unión libre es cuando una pareja realmente empieza a conocerse, en donde se pueden hacer evolucionar y cambiar, y gozar la vida a través del amor, del compartir, de crecer. Pero también es cuando una pareja puede darse cuenta que no hay evolución estando juntos, que no es que haya habido un error, sino que una decisión tuvo su razón de ser y era totalmente válida, pero que hoy simplemente ya no es o no funciona.

La vida sucede rápido, nos invita a llevar el camino apresuradamente, la vorágine de emociones y de sucesos inesperados nos distraen constantemente. De pronto tenemos 15 años, en poquito más ya tenemos 30, y supongo los 60 llegan y no te diste cuenta; bueno, si tenemos la suerte de que lleguen o de llegar a ellos. No considero que vivir el amor bajo una condición de algo que tiene que ser porque algún día fue, sea lo correcto. La impermanencia nos recuerda que absolutamente nada es para siempre, y que estamos en un arduo trabajo de aprender a soltar. Y si soltáramos las creencias arraigadas en un sistema que se navega bajo la promesa de una eternidad (que no es viable), y simplemente nos mantuviéramos por la paz, la armonía, el crecer, el amor.

Yo no sé el secreto para un buen matrimonio, honestamente no creo que haya un secreto o una verdad absoluta. Creo que hay personas que lo llevan mejor que otras, creo también que hay personas que aprenden a amarse y respetarse; pero, sobretodo, que el camino que tienen de vida va acorde al del otro, y así pueden permanecer y evolucionar juntos. También creo que puede haber excelentes matrimonios que un día dejan de serlo, y a veces por cosas que no se tenían planeadas, o porque simplemente vamos cambiando y vamos dejando de ser quien éramos ayer. 

Lo que observo en el consultorio y en muchas historias de amistades cercanas, es que a veces hay una culpa tremenda de plantear incluso la posibilidad de estar mejor rompiendo la promesa de la eternidad. El sistema social en el que hemos crecido nos ha hecho creer que un divorcio es un fracaso o es algo que falló. Cuando creo que justamente es lo contrario, es la honestidad y fortaleza de dos personas que toman la decisión de no fallar ante la vida misma y de retomar el camino propio hacia un crecimiento. Considero que si se dejara de poner tanto estigma al divorcio o la separación, las personas serían más libres de ser, de aceptar, y que incluso esos procesos (que conllevan dolor inevitablemente) se vivirían desde y para el amor. 

¿Y si dejáramos de depositar la expectativa de que el casarse tiene que ser algo para siempre, qué ocurriría? Se me ocurre que tal vez seríamos más libres, más honestos, y más congruentes. No sé si con todo lo anterior más felices, pero sí tendríamos más paz y libertad en nuestro ser.

Entrada original en: http://www.ideasendeconstruccion.com

 

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