París junto a Hemingway

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida. 

“París era una fiesta” (1964)

 Ernest Hemingway

      Llegaba a París por segunda vez en mi vida, pero esta vez llegaba sola. Cargaba conmigo un libro que me acompañaría a soñar todo aquello que no me tocó vivir. Un bolsillo más o menos lleno para poder creer aquello anhelado se haría, al menos, un poquito realidad. Hemingway me hablaba durante todo el recorrido, me invitó a lugares que gocé y sentí; casi puedo asegurar escuchaba las voces de Fitzgerald, Stein, Pound, y el mismo Ernest; todos juntos en Shakespeare and Company, criticando obras literarias, mofándose de las decisiones políticas y emborrachándose con aquella clase que, hoy en día, está toda perdida.

Un chalet, dos quesos, un vino; tocar el piso con mis pies mientras veo todo aquello moviéndose por la tranquila Rue de verneuil, a dos cuadras del Sena. Contemplando todo aquello que podría haber tenido pero nunca tuve, formando parte por un momento, sintiéndome suya pero sin serlo, por que no le pertenezco a París ni sus calles realmente me pertenecen.

Por la mañana, yo como un cliché, desayunando en Café de flore, con un francés menos que básico y mal hablado, ordenando a la carta y pidiendo un espresso doble. Respiro humo de tabaco y me sabe delicioso, pensaba “es lo único que me falta para caer en el prototipo de francesa parisina” y casi iba entendiendo las conversaciones en francés. Pensaba “¿ya lo ves madre?, yo pertenecía a este lugar”. Después, al pagar la cuenta y caminar veinte metros, ocurrió aquel suceso asombroso, que queda en mi memoria y en la de los míos, para siempre. Ahí corroboré la magia, existe.

Las noches se mecían en púrpura porque así las quería ver, las luces iban cálidas hacia los cuerpos azules. Todo se prendía en colores, los acordes eran suaves y los sabores duraderos. [Si tan sólo estuvieras aquí, verías]. Me llevaba un pequeño bote con vino tinto, las sobras de unos macarons de Ladurée; Hemingway se burlaba de mí “¡tú tambien has caido, no has comprendido!”, con sus letras decía. Caminaba las calles desde la Ópera Garnier hasta llegar al Ritz, para tomarme mi trago en el bar puesto en honor a mi acompañante, Ernest, y tener la noche más cálida y hermosa de todas. Del Ritz caminé de nuevo a través del Sena, y del Sena al hermoso Saint-Germain-des-Prés; he llegado a casa.

Otro día más en mi propia realidad parisina y no podía faltar el filete con papas de la Lipp brasserie, acompañado de un tarro gigante de cerveza, por supuesto haciendo honor a aquellas comidas interminables que tenía mi acompañante con Fitzgerald, en las que normalmente discutían y terminaba siendo una tremenda borrachera. Y en honor a ellos, comiendo tan solo las papas con la cerveza (nunca fui buena para comer carne), terminaba igual de alcoholizada, pero sin discutir y visualizando a dónde iría por un postre, que eso sí es lo mío en aquellas tierras, hoy lejanas.

Cada tarde-noche, después de mucho camino recorrido, de observar, de soñar, y de saber que pertenecía, llegaba a mi pequeño y hermoso departamento parisino, con las bolsas llenas de cosas que no necesitaba, con todos los sabores encontrados por las calles, algunos días aún con el sabor del chocolate amargo de Angelina, llegaba a descansar. Quitarme los zapatos, poner la tina con agua caliente y burbujas, servirme mi copa de vino, respirar. Todo aquello iba a acabar, y toda aquella realidad iba a quedar tan solo entre una línea delgada entre anécdota y sueño. Hemingway me seguía contando historias de 1924 y otras tantas de 1926, yo siempre atenta.

Me fui para no volver, sabía que el último día que estuviera ahí iba a renunciar y a vivir un duelo profundo. Porque tal vez iba a volver a pisar esa ciudad, tal vez iba a volver a visitar los mismos lugares, pero ya no iba a ir la misma persona. Yo sería otra, iría contigo, y Hemingway se habría despedido. Dejar París aquél día fue dejar una parte de mi. Aún sigo recordando, reviviendo, a veces no sabiendo, si fue una anécdota o un sueño, pero siempre esperando el karma juegue a mi favor, y vuelva a renacer ahí mis siguientes vidas.

Post original en: http://www.ideasendeconstruccion.com

 

 

 

 

 

 

Leave a comment