Japón: mi primer maestro budista

“Cuando un árbol cae en un bosque, 

¿hace ruido si no hay nadie para escucharlo?”.

Koan zen.

     No recuerdo exactamente cuándo fue mi primer llamado a Japón, bueno, mejor dicho, a Kioto. Pero sé que fue la cultura geisha, los vestidos, la clase, la sutileza, los olores que imaginaba las rodeaban. Pero después, al estar leyendo “Tokio Blues” de Murakami, fue que supe yo debía estar ahí, y debía ir a explorar aquellas tierras por mí misma, y en soledad para encontrar aquello que ya me esperaba. Honestamente no recuerdo bien la trama del libro, no generó ningún impacto en mí; pero los paisajes de bambúes que se relataban, los colores, los sonidos; ese libro fue mi puerta a la decisión, a tener Japón en la mira y a Kioto desde ese entonces en mi corazón.

Desde hace una década ya comenzaba mis estudios en budismo, pero siempre informales, jamás llegué a pensar algún día sería budista o me identificaría de tal manera con esa filosofía y religión. Estudiaba cosas básicas del karma, de meditación, pero nunca a fondo, en aquellos años no alcanzaba a ver todavía alguna verdad ahí. Además, considero que la mayoría de los centros donde enseñan budismo en México lucran mucho con la enseñanza y que no lo hacen de una forma amigable y organizada.

Fue en el año 2017, durante el otoño (el tan adorado “momiji” japonés), que tomé un vuelo para ir a descubrir algo que no imaginaba. Los estudios en budismo habían quedado atrás y con los años, también el interés. Yo sabía que algo iba a encontrar en Kioto, pero no sabía qué, y decidí dejar desde un inicio la mayoría de los días de mi viaje en aquella ciudad. No me emocionaba la idea de Tokio, su movimiento, luces, ni las multitudes, pero le dedicaría unos días al final de ese viaje de cualquier forma. Así que desde que pisé el aeropuerto internacional de Tokio, tomé un tren bala hasta la pequeña y hermosa ciudad de Kioto.

Cuando estuve ahí, me mecía con la paz. Creo que solamente la gente que ha tenido oportunidad de estar en aquel lejano país puede entender su particularidad. Un país completamente desarrollado, con la mayor tecnología, pero a la vez todo va a ritmo, todo va en orden, todos bailan en armonía. Tenía en mi lista al menos quince templos y monasterios por visitar.  Conforme iba llegando a cada uno de ellos e iba imitando los rituales budistas y los sintoístas  me iba adentrando en ese sentir gozoso que no sé cómo describir.

Además, con  lo hermoso de cada templo, y viendo los colores rojos, naranjas, morados, amarillos, verdes, todos los del momiji; pude sentir por primera vez en mi vida el tan famoso “contento” (ese bienestar, tan difícil de describir, que se sabe viene de algo muy adentro, que evoca una felicidad no eufórica, sino calmada, con paz). A partir de ese sentimiento y aquella satisfacción es que me puse a observar los monasterios, las rutinas de los monjes budistas, me puse a observar por horas los jardines zen, a tomar té en las salas de meditación, a observar, a respirar, a ser. Había descubierto una verdad en mí, una nueva verdad a explorar.

Uno de mis mayores regalos en aquél país fue haber ido a una pequeña isla algo escondida muy cerca de Hiroshima, Y fue ahí, en Miyajima, en donde entendí que el budismo me estaba esperando,  que quería aprender, y que Japón había sido mi primer maestro budista. Pero también entendí que no iba a tener muchas más respuestas ahí, que tenía que ir a hacer las preguntas a otro lugar, y así supe -en el vuelo de regreso, que mi siguiente destino tendría que ser India, mi segundo maestro budista.

Los últimos días de mi viaje los pasé en Tokio. Aunque disfruté cada momento en esa ciudad de locura, belleza y calidez (después hablaré por mi gusto en la moda japonesa), me di cuenta y pude observar cómo mi mente había alcanzado un estado que le bastó un par de horas perder. Me quedé con ganas de mucho más de aquél país;  sé que voy a regresar, y tendré nuevas preguntas para los budistas zen. Espero tener más sabiduría, tiempo y paciencia para estar lista a las respuestas que no me van a dar, pero que, con su tranquilidad y disciplina, van a evocar.

Post original en http://www.ideasendeconstruccion.com

 

 

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