A un año del temblor y la huella que dejó

19 septiembre 2018

Este año el simulacro no será igual que todos los anteriores desde 1985; este año será el primer año en donde la sociedad de una ciudad completa tenga memoria de dos sucesos de la misma índole traumáticos, y es que a pesar de que el temblor de hace 33 años haya sido mucho más fuerte y destructivo en todos los sentidos, el hecho de que haya temblado en la misma fecha hace un año, se vivió no solo como algo catastrófico sino también surreal.

Algo extraordinario que todos notamos fue la unidad de los mexicanos, de los jóvenes, la disposición por servir al otro, por salvar al otro, por proteger a los otros. La adrenalina por supervivencia, el entregar todo en cuerpo, en mente, en espíritu por la gente, nuestra gente. Fueron horas y horas de angustia, de oscuridad, de entrega, de polvo. Conforme fueron pasando los días, asentando las noticias, bajando la energía y disminuyendo la labor de rescate es que casi todos comenzamos a vernos a nosotros mismos y nuestra mente, y preguntarnos ¿Qué carajos pasó aquí?.

La ansiedad se manifestó en casi toda la población que vivió este suceso, se empezó a hablar erróneamente de trastorno de estrés postraumático por doquier, tampoco era momento de corregir conceptos y etiquetas psiquiátricas. Era evidente había ocurrido un fenómeno traumático y eran evidentes las consecuencias y síntomas en cada uno de nosotros, unos más, otros menos. Comenzaron los ataques de ansiedad, la paranoia, el insomnio, el miedo irracional, entre muchas otras cosas. Es natural, no fue para menos todo lo vivido y en ese día en especial.

La culpa se hizo presente desde que amaneció al día siguiente y comenzamos a ver la dimensión de la catástrofe; las personas sin casa, las personas atrapadas, la gente que perdió todo, las mascotas extraviadas, los niños perdidos. ¿Por qué ellos y no yo? ¿Por qué yo llego a mi casa a comer bien, a dormir en una cama, a ver las noticias y todos ellos no? Pensamientos que pasaban continuamente en cualquier lugar. La culpa definitivamente mueve, motiva e impulsa al actuar. Si bien puede no servir de algo tenerla, y es fundamental erradicarla, el negar la existencia sería absurdo e insensato.

 

 

 

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